Bienvenidos una semana más a este espacio de crítica culinaria. Hoy nos acercamos a un nuevo referente en el ámbito de la hostelería, inconcretamente a un "snack/frankfurt/bar/cafetería/restaurante" que es como se da a conocer este local en el letrero que reza a la entrada.
Lo curioso es que a pesar de los cinco intentos del dueño de definir su negocio ninguna de esas categorías lo consigue hacer con tanta precisión como lo haría la palabra "antro". "Hombre, es que no nos gusta presumir", afirma Jose Boso, propietario del lugar.
Vean aquí una muestra de lo que digo:

Esta es una botella de agua tal cual la traen a la mesa. Sí, amigos, ese chorretón de color moco viene de serie, pero las sorpresas no terminan aquí. A este detalle le siguen otros como el vaso con marcas de carmín, el tenedor con restos de comida o el pan con un agujero del tamaño exacto al de un dedo gordo seguramente traído directo desde otra mesa a la nuestra sin pasar por la casilla de salida.
Rompiendo una lanza en favor de este sitio diremos que los precios son realmente bajos y cuando le preguntamos a Jose cómo puede permitírselo nos responde "Bueno, está claro, los precios son bajos por todo lo que nos ahorramos en Fairy". Touché, Jose, touché.
Hay detalles que hacen de éste un lugar para la nostalgia, ya que aquí aún se mantiene viva esa vieja costumbre de tirar la porquería a los pies de la barra y a última hora de la noche el cúmulo de palillos usados, huesos de aceituna roídos y escupitajos es tal que antes me dejaría operar a corazón abierto por Michael J. Fox que pasar por ahí en chanclas.
Siguiendo con la limpieza, los camareros en su subjetivo y minoritario concepto de lo que es la higiene personal se sienten tan orgullosos de la suya que al coger un plato de sopa no temen meter dentro el pulgar. Por otra parte los gérmenes son las estrellas del lugar, hay tantos que se matan entre ellos lo que parece haber asustado a las ratas y las cucarachas que no hacen acto de presencia aunque también podría deberse a que formen parte del menú. Pero ninguna de mis impertinentes observaciones parece importarle mucho al dueño: "No espero la visita de ningún inspector de sanidad ya que en el registro mercantil declaré este local como una "clínica abortista clandestina"", confiesa satisfecho mientras nos guiña un ojo. Y viendo los platos que salen de la cocina diría que Jose no mintió tanto como él cree.
Durante nuestra visita oímos los gemidos de un perro que parecen proceder de la cocina y nos tememos lo peor, pero al asomarnos descubrimos que no lo están cocinando sino todo lo contrario, el can, al que han bautizado con el simpático nombre de "Balay", está lamiendo los restos de comida que quedan en los platos. "Ya le dije que ahorrábamos en Fairy".
Cuando por fin traen mi pedido me cuesta mucho creer que se trate de un bocadillo de lomo con queso. Eso jamás podría llegar a ser un bocadillo, ni aquí ni en Mordor. Sentado frente a mi plato siento el mismo dilema que un camionero que acaba de atropellar un ciervo, dudo entre comérmelo o devolverlo a la cuneta de donde ha salido y enterrarlo en cal viva. El acento de la cocinera delata sus orígenes del este y se empieza a formar en mi mente la idea de que quizás sea chernobilita y esto una receta tradicional en su ciudad natal. Ciertamente este crítico se ve incapaz de discernir si se encuentra ante un plato con comida o ante una prueba de Fear Factor y si al final me decido a comerlo es más por pura misericordia hacia el pobre "Balay" y su ya maltratado tracto digestivo que por hambre.
En cuanto a la clientela que frecuenta tan insigne lugar veo acodados en la barra a unos basureros pero no sabría decir si son clientes o los proveedores del señor Boso. También encontramos a unos policías municipales que se piden un carajillo pero sospecho que sólo están haciendo tiempo antes de tener que acordonar la zona para el levantamiento de mi cadáver en cuanto el bocadillo me haga efecto.
La pregunta pues parece clara, ¿por qué comer en un lugar así cuando se puede encontrar comida mejor y gratis en cualquier comedor social o incluso en el callejón trasero de un Mercadona? Lo cierto es que sólo se me ocurren dos motivos: Superpoblación y selección natural.
Por eso he acabado bautizando este local como "El Restaurante Nietzsche" porque comer en él o te mata o te hace más fuerte o te concede superpoderes radioactivos.
3 Represalias:
Los mantelitos de papel lo dicen todo.
¿No serán heces de Balay lo de la botella?
Muy bueno!
¿De verdad son hechos reales? tanta ironía me hace dificil discernir lo real de lo que no lo es. Yo veo ese chorretón y de proponia le dejo un japardo como el de Piqué.
Pues buena soy yo.
Es tan cruel leer esto mientras intentas cenar... arg :(
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